El Lenguaje de las Fisuras y Grietas, y su diagnosis

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Proyecto MADRID-RÍO
Arquitectura: Burgos & Garrido - Porras La Casta - Rubio A. Sala - West 8

El Lenguaje de las Fisuras y Grietas, y su diagnosis
José Luis De Miguel Rodríguez

 
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INTRODUCCIÓN

Los edificios están vivos. Respiran, se cansan, mueven y degradan. Todos sus elementos, y son centenares, de docenas de materiales y composiciones diversas, están sufriendo alteraciones constantemente. Los situados más a la intemperie está sujetos a agresiones de todo tipo del ambiente exterior (luz, temperatura, humedad, viento, lluvia, aire, hielo), y los del interior no les andan a la zaga. Todos interaccionan con el medio, y evolucionan por degradación, pudrición, fragilización, oxidación, carbonatación y otras transformaciones, incluso por acciones biológicas. Todos, con el tiempo, acaban reduciendo o perdiendo sus cualidades. Cuando decimos resistente, impermeable, irrompible, inoxidable, nos referimos en realidad a que poseen esa cualidad sólo en un cierto grado, y que a la larga pueden perderla. El mérito de una construcción no es sino el de cómo mantener el mayor tiempo posible las cualidades deseables, sin fallos aparatosos, y sin que el conjunto se desmorone o arruine prematura o repentinamente, y en la que las partes alteradas se puedan reponer o restaurar con facilidad.

Aun sin degradar, se producen constantemente cambios geométricos, por causa de la expansión, dilatación o contracción, originada básicamente por el cambio de temperatura o humedad, con los ciclos diarios o estacionales. Además, muchos de los materiales sufren con el paso del tiempo, aumentos o disminuciones espontáneas de tamaño. Los morteros, hormigones y maderas pierden lentamente humedad y retraen. Las cerámicas ganan humedad y aumentan de tamaño. Son cambios diminutos, pero monótonos, incesantes, con efectos acumulados, y a la larga con consecuencias desastrosas. Por ejemplo, la expansión de la cerámica es responsable de la rotura de las tinajas, o el fracturado (craquelado) de los esmaltes vidriados. Estos cambios, aun los cíclicos, de respiración, pueden ocasionan el desarmado entre elementos constructivos, creando fisuras, ranuras, o despegues. Como antes, el mérito de la construcción es conseguir que estas alteraciones no generen ruina. Pero aunque no la produzcan, el efecto es muy llamativo, feo, y alarmante. En este asunto contamos con una enorme variedad de astutos recursos, como son impostas, rehundidos, entrecalles, y cuando no es posible evitar la aparición de una junta, ocultándola tras un “tapajuntas”. La ranura sigue apareciendo, pero no se ve. Algunos que llamamos daños son simplemente la manifestación de algo inevitable, que antaño solíamos camuflar, y ahora queda aparente, al haber prescindido, quizá por moda, de un recurso inteligente.

Además todo el conjunto de una obra, está sometido a una jerarquía mecánica en la que unos elementos sostienen a otros, y aun en cada uno, como en un muro, cada hilada sostiene a las superiores. En esa jerarquía, al vidrio lo sujeta el cerco de la ventana, a ese la hoja, ambos dependen del muro, éste se apoya en el forjado, el forjado en la viga, la viga en el soporte, el soporte en la zapata y la zapata en el terreno. Todo ello genera tensiones que el elemento original, acopiado, no tenía, y eso exige necesariamente deformaciones. En el mejor de los casos se producen instantáneamente, al cargarse. Pero como poco la tensión aumenta al añadir elementos a la obra. Y eso significa un reajuste constante a lo largo del proceso constructivo.

Pero en general, además, todos los elementos sometidos a tensión (o sea todos) siguen aumentando su deformación con el tiempo, aunque no cambie la tensión, de manera que el reajuste dimensional se está produciendo siempre. En madera es muy aparatoso. Los tejados antiguos muestran las ondulaciones de las correas y vigas, que se van cansando, y aumentando su incurvación. En los tirantes, el cansancio hace que las fibras vayan resbalando unas respecto a otras, ocasionando al final el destesado completo del tirante, y que su papel tenga que verse suplantado por la flexión del muro, que a su vez cansa y desploma, ocasionando al final el derrumbe del conjunto. Otro tanto sucede con el empuje descompensado de arcos y bóvedas, o de cúpulas sin zuncho, y hasta de forjados de madera, que al flectar, provocan reacciones inclinadas. A largo plazo la naturaleza se sale con la suya, y lo que subes arduamente, acabará bajando. Lo que llamamos vidrio, no es tanto un sólido, cuanto un líquido enfriado, pero que está escurriendo lentamente, y que acabará concentrado en la parte inferior. Esta deformación “diferida” a tensión constante se produce menos, pero se produce, en hormigones, y en fábricas, si bien en estas últimas es menos aparente debido a que suelen estar sometidas a tensiones muy bajas. En terrenos depende mucho del tipo. En acero, el fenómeno es casi inexistente.

FISURAS

Lo que nos interesa aquí son las disfunciones de este proceso natural, o sea las manifestaciones que no se debían haber producido, o no tan pronto, en lo que significan de mala práctica o daño reclamable. Estas manifestaciones patológicas, se conocen con las denominaciones de fisuras o grietas. No son las únicas. Hay asimismo panzas, desplomes, desniveles, cejas, abombamientos y otras. Pero en el título hemos elegido las denominaciones más simples y castizas.
En el análisis de las fisuras o grietas que pueden aparecer en la construcción conviene distinguir varios tipos muy diferentes, de acuerdo con su relevancia y repercusión, y lo que significan.

El primero es el de las fisuras que aparecen en un elemento causado por los movimientos que ha sufrido él mismo, y que no afectan ni interesan a otro, ni significan que puede haber sido causadas por otro. Son las que se dan frecuentemente en los falsos techos de escayola de baños y aseos, que, con el mero paso del tiempo, (y la humedad) si no se ha acudido a recursos, como foseados, o entrecalles, y a veces aun con ellos, se rajan.
Otro caso son las piezas de albardilla o remate de albañilerías, dispuestos en el lugar más expuesto, y que con las oscilaciones climáticas, acaban por despegarse, manifestando las juntas entre ellas, y en ocasiones, dejando suelta a la pieza. En caso de tejas de cumbrera o lima, puede traducirse en caída de la pieza con riesgo de lesión a personas o enseres.
Es clásico el que las puertas de cuarterones, o de bastidor, con el tiempo descuelgan y acusan holgura arriba y rozan abajo. En las muy antiguas se pueden distinguir los postizos triangulares que se han ido añadiendo en el borde superior.
Es usual que las soleras, aun dotadas de adiciones, o provistas de juntas, con el tiempo, acaben rajando, sin que se deba a causa extrínseca, y sin repercusión en otro elemento ni función.

Una variante de autofisuras es la de “manifestación”. Entre elementos distintos, la diferente “respiración” y dilataciones de ambos, acaban manifestando la conexión entre ellos, que no tiene ninguna trascendencia, salvo la de apariencia. En ocasiones se camuflan con tapajuntas (rodapiés en el caso entre suelo y pared), o entrecalles, que no son sino ranuras previas que evitan que salgan por otro sitio no controlado. En ocasiones, la torpeza en el intento de cubrir un elemento de otro material, como un soporte, con una leve capa de albañilería, sin recurso alguno, ocasiona una fisura, que en muchos casos sale “en sierpe”, que tampoco tiene trascendencia.

El otro tipo de fisuras son evidentemente las ocasionadas, en un elemento, por movimiento o fallo de otro. El caso típico puede ser las que consiguen rajar todo tipo de albañilerías, y ocasionar más disfunciones, cuando una zapata se hunde, o sufre un asiento excesivo. A lo largo de este documento se presentarán algunas causas que pueden acabar produciendo daños en las albañilerías en tanto que son los elementos más rígidos y frágiles del edificio.

Pero el causante no tiene que ser un elemento estructural que falla. Puede no ser estructural. En ocasiones, la dilatación por humedad de una fábrica vista, ocasiona su pandeo hacia afuera, tirando de los tabiques transversales y rajándolos inmisericordemente. Lo más delicado del asunto es que el aspecto de las grietas es idéntico al que se denomina de flecha, salvo por lo que respecta a la ausencia de la que hace pareja con ella.

Y también puede suceder que, aunque el causante de la grieta sea un elemento estructural, no sea debido a mal funcionamiento, ni que haya perdido capacidad. Es el caso de dilatación por soleamiento del último forjado o cubierta del edificio, que empuja y rompe los tabiques inferiores, petos, etc.
Lo importante de este tipo de fisuras es localizar el elemento y disfunción que las ha causado, dado que una correcta reparación pasa por actuar sobre la causa y no sobre el efecto, lo que se conoce como mera reparación sintomática.
Y lo que importa en el análisis de este tipo de fisuras es detectar su papel como síntoma de fallo grave, por ejemplo en elementos primarios, que a veces no se perciben directamente en el elemento que está fallando. Las fisuras de la fábrica serían en ese caso como testigos del fallo potencial de otro elemento y de su gravedad. Una grieta de algunos milímetros de grueso en un tabique puede no significar pérdida de seguridad del edificio, pero una fisura milimétrica en una viga o soporte sí.
No obstante, lo más delicado es justamente lo contrario. Que se produzca o se pueda producir inopinadamente un fallo estructural sin aviso, de manera frágil. El aumento de tensión, aun con valores muy cercanos al agotamiento, en elementos de rotura frágil, puede no traducirse en ningún efecto geométrico percibible. En algunos de los últimos fracasos en edificios de Madrid, no sólo no hubo precursores, sino que tenían informe de inspección favorable, que no había detectado síntomas. Y meses después se produjo el hundimiento.

Pero con mucho, las fisuras más relevantes, aunque a veces sean poco aparatosas, son las que se producen en el mismo elemento estructural. Pero si se detectan, en ocasiones pueden servir para calibrar con mucha finura el tipo de estado de solicitación que posee el elemento, y evaluar el margen de seguridad que tiene el edificio, algo que no es nada fácil de deducir a partir de las grietas de albañilería. Es lo que sucede si en un punto extremo de una viga continua de hormigón, aparecen fisuras por debajo, en el lado supuestamente comprimido. Si se ha llegado a esa situación, se puede deducir cómo es el flector de la viga en ese punto, deducir el del otro, y hasta las compresiones de los soportes, permitiendo predecir dónde hay que actuar para evitar el fallo del conjunto. Lo mismo puede suceder si un soporte presenta una fisura y no digamos grieta con según qué trazado.(1)

(1) Sin embargo este tipo de signo debe manejarse con prudencia. En un centro universitario de Madrid, una operación de reforma, al dejar visto un soporte de hormigón, permitió detectar una fisura, con desprendimiento fácil de una esquina superior. La alarma fue considerable y el centro se desalojó y estuvo fuera de uso un tiempo, hasta que se pudo dictaminar que era una falsa alarma, y que todo procedía, probablemente de que esa esquina quedó rota al agarrarse alguien a la espera que sobresalía cuando se iba a construir el forjado, ya que todos los recálculos de todas las piezas daban un resultado ampliamente holgado, y no había ningún signo asociado a lo que debería haberse producido si ese soporte estuviera fallando.

En las construcciones antiguas, a base de muros de carga de mampostería, la estabilidad a largo plazo depende de que la construcción siga enteriza. Si el muro fractura, pasa a comportarse como dos partes, y cada una ya no pueda ayudar a la otra. Las fisuras eran el signo de alarma de que la construcción estaba empezando a fallar, su vida útil restante quedaba en entredicho, la ruina se aproximaba y el valor patrimonial o de mercado de la obra caía en picado. Hemos vivida tantos años, o siglos, con ese esquema mental, que seguimos interpretando las fisuras en tabiques y otros elementos secundarios, con la misma clave, y les tenemos pánico. Infundado, pero pánico real. En ocasiones ese es el problema principal. Si no ves las fisuras, es un alivio. Y las peligrosas, las realmente estructurales, son a veces difíciles de ver o de detectar.

Sobre el asunto de las fisuras planea un malentendido, que ha tergiversado y contaminado la posibilidad de hacer un diagnóstico acertado. El cálculo estructural se basa en las deformaciones, como clave para obtener cómo se reparten las solicitaciones. Eso ha hecho que, para muchos, los elementos estructurales sean los deformables, los activos, los que cambian. Y los demás elementos constructivos los muertos, los indeformables, los que en último término se pliegan a moverse como condicionan los estructurales, y sufren los efectos de su deformación.
Y nada es menos cierto. La estructura de un edificio es lo más rígido de lo que compite para serlo. La estructura es lo que menos deforma. Como materiales y configuraciones estructurales, elegimos, de entre lo que hay, lo que menos cambia de dimensiones. Y si deforma mucho, se rechaza. Y se controla que la estructura lo es, confirmando que deforma poco. Son los elementos constructivos no estructurales los que se mueven y deforman más.
Es usual que, ante al aviso de lesiones, el técnico consultado responda automáticamente y sin meditar, a hacer recálculos estructurales, casi antes que nada, como primera medida, porque, se dice a sí mismo, si hay lesiones se debe deber a un comportamiento estructural anómalo, y no puede haber otra explicación.

TIPOS DE FISURAS

De lo anterior puede deducirse que, aparte de los daños en elementos constructivos debidos a ellos mismos, hay “daños estructurales” que interesan a los elementos primarios, soportes y vigas, y daños “causados por elementos estructurales”, producidos en otros elementos constructivos, no estructurales, debidos al comportamiento de los elementos estructurales y no necesariamente a un mal comportamiento suyo, ya que ellos mismos no quedan afectados ni se reduce su coeficiente de seguridad, por lo que no hay riesgo de ruina.

El caso más difícil de clasificar es el que denominamos “de flecha”. Son lesiones en albañilería, debidas a un comportamiento estructural que excede, en deformación, de lo admisible, ya que desborda los límites de lo que marca el que se denomina Estado Límite de Servicio de Deformación, según el CTE. Es un ejemplo perfecto de daños no estructurales con causa estructural. Para acabar de complicar las cosas, la reparación puede consistir en algo meramente sintomático, sin necesidad de actuar en los elementos estructurales, ni realizar refuerzo o reparación estructural alguna. Y si no hay lesión “en” el elemento estructural, ni pérdida de seguridad, ni exige intervención estructural alguna, tiene un tratamiento peculiar en relación con el seguro decenal, ya que literalmente queda fuera de la cobertura de dicho seguro.

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